Matías
Hacia calor y yo estaba tumbado en el salón, sin hacer absolutamente nada, cuando Fran entró y se quedó plantado delante de la pecera durante un minuto.
—Matías, creo que mi pez está muerto. ¿Verdad?
Levanté
la cabeza, ahora que lo pienso hace tiempo que el pez no se mueve. En estos
casos, siempre pienso que es mejor tocar a la persona y reconfortarla. Así que
me acerqué a él. Pero no creo que sirviera de mucho, pues Fran me apartó, con
mucha delicadeza, y poniendo una mano en el reposabrazos se dejó caer en el
sillón. Una vez sentado emitió un largo suspiro.
Yo
me había vuelto a tumbar, pero abrí un ojo y le miré. Me daba pena. Suponía que
la muerte de un animal, que no te reconoce y no te hace caso cuando entras por la
puerta tras un largo día de trabajo, no debía ser un gran golpe. Pero si estás
en una mala época... Hace tres años tuvo un accidente que le dejo discapacitado
y perdió a su mujer. Desde hace unos meses yo vivía con él para ayudarle en
tareas rutinarias que ya no podía hacer sin ayuda. Últimamente le había visto
más animado y no me gusta verle deprimido. Miré a la puerta de entrada y decidí
que era un buen momento para salir a dar una vuelta. En ese momento oí que
llamaba al robot de limpieza para que se ocupara del acuario. Cogí las llaves
de la casa y las hice tintinear. Era nuestro código, que venía a decir que nos
tocaba salir. Aunque también podía significar que yo era tremendamente pesado y
como no aceptaba un no por respuesta me acabaría saliendo con la mía. Él lo
sabía, y con un nuevo suspiro, este de resignación, se levantó y con mi ayuda
fuimos hasta la puerta.
Fran
pronunció el comando de llamada del ascensor y yo me puse cómodo esperando.
Sabía que esos ascensores son modernos, pero pueden tardar un rato en llegar.
Una vez en la calle, orienté a Fran en la dirección del mercado y partimos a la
aventura del paseo diario.
Seguramente
era autoconvencimiento, pero en cuanto estuvimos en la calle noté a Fran más
animado. A mí me encantaba salir a dar una vuelta, había un montón de estímulos
más interesantes que en casa y al volver sentía el cuerpo más ligero. Aunque
tenía que estar atento y cumplir con mi trabajo. Puede parecer fácil, pero no
lo es. Aunque me habían preparado a conciencia para realizar mi trabajo y a mí
me gustaba hacerlo. En el fondo, me habían concebido para ello. No exagero. En
este trabajo se nos prepara a mí y los que son como yo, desde antes de nacer.
En
primer lugar, seleccionan a nuestros progenitores, que tienen que pasar exámenes
de comportamiento y buena salud. Si pasan las pruebas se les selecciona como
reproductores y pasan a tener una buena vida. A nosotros se nos separa de ellos
al poco de nacer. Tras pasar un test para valorar el carácter, y si somos
aptos, se nos envía con una familia que nos educa. Tenemos que aprender las
cosas básicas, que luego irán aumentando su complejidad. Obedecer órdenes
sencillas, no coger cosas del suelo, ser sociables, caminar por la izquierda,
no hacer ruidos molestos… Después, por nuestro primer cumpleaños nos hacen una
prueba física, si lo pasamos volvemos a la escuela donde nacimos para cumplir
nuestro destino.
La
verdad es que comparado con otros tenemos mucha suerte. Nos controlan la salud,
la higiene, la alimentación, tenemos salas de entrenamiento, áreas de
recuperación, residencia para cuando somos ancianos y no podemos seguir
trabajando, zonas para compañeros que están de vacaciones, celdas por si
tenemos enfermedades contagiosas, etc… También hay un espacio para los usuarios
que vienen a buscarnos. Como la demanda es muy alta, generalmente la gente
espera tres años de media. No somos muchos, como digo, primero tenemos que
graduarnos. Para ello, tenemos que superar un año de formación en la academia,
con un instructor que nos enseña y nos manda todo el rato. Es un adiestramiento
unipersonal. Aquí ya nos enseñan cosas complicadas. Aprendemos a percibir los
posibles peligros para la persona con discapacidad que nos va a tocar y a
anticiparnos a ellos. Tenemos que eliminar cualquier distracción posible, desde
comida (solo se nos educa para comer una comida especifica que nos dan y no
fijarnos en otra cosa) hasta chicas guapas que te hacen carantoñas. No siempre
lo conseguimos, porque a pesar del adiestramiento, uno no es de piedra, y a
pesar de ello, la ley obliga a que tengamos un seguro en todo momento. Pero lo
más difícil que tenemos que aprender es a desobedecer una orden directa de la
persona que cuidamos si esta puede ponerle en peligro. Una vez comprendidos y
dominados todos estos conceptos, y con mucho esfuerzo y bastantes reprimendas
en mi caso, acabamos el curso y nos entregan a un usuario, que pasará a ser
nuestro compañero. Y aquí estamos.
Llegando
al mercado, la puerta mecánica se abre automáticamente y una increíble variedad
de olores me traspasa el cerebro. Pero aun así no pierdo el foco y Fran y yo
llegamos al puesto de frutas de siempre.
—Buenos días Fran, ¿qué va a ser hoy? —preguntó el frutero con
amabilidad.
—Lo de siempre Félix.
—¿Qué tal todo?
—Sin mucha novedad. —Se encoge de hombros— ¿Y tú?
—Lo mismo. —Félix va poniendo varias manzanas en una bolsa y plátanos
en otra—. ¿Alguna cosa más? ¿Algo para tu compañero?
—No. Él tiene su comida.
—La verdad que es impresionante lo bien preparados que están. Aunque no
sé si al final las máquinas lo acabarán sustituyendo también.
—Espero que no. —Fran se gira hacia mí, como si pudiera verme. Y con rotundidad
exclama— Triste será el día que una máquina intente hacer el trabajo de un
perro lazarillo.
Y tras una palmada cariñosa en mi hocico, nos volvemos a poner en
marcha.
Comentarios
Publicar un comentario